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Ernesto Parga Limón

In memoriam de todas las víctimas de la tragedia de Uvalde Texas

Las siguientes reflexiones no tienen ninguna otra pretensión que intentar entender el absurdo, de encontrar algo que al menos parezca una razón en medio de la locura sórdida de los recientes acontecimientos en Uvalde Texas.

Debo de empezar por decir que pienso que las víctimas están de los dos lados, nadie merece morir de la manera en que murieronlos niños, angelitos inocentes, otros rostros sufrientes de Cristo, y sus maestras, madres mártires, rayo de sol en las tinieblas. Ningún padre debe pasar por un suceso tan doloroso, abrumador e insoportable. Pero creo, con la misma convicción, que nadiemerece vivir así, de la forma en que vivió el joven solitario que desencadenó a la bestia brava del odio que habita en el infiernoy por desgracia también en muchos corazones de nuestros jóvenes. Nadie mata porque es feliz, nadie mata porque se sabe amado, solo un alma enferma de tristeza y soledad. 

Suelo repetir en mis conferencias que todo joven necesita a su lado un par de padres, o una madre, o un padre al menos, loca y perdidamente enamorados de él, de su vida que es botón de flor, promesa cristalina que prefigura todo lo que el amor puede conseguir.  Todo joven más que aire necesita aliento, busca estímulo y afirmación en la mirada, en la palabra, en la caricia de sus padres, todo joven anhela ser traspasado por el poderoso dardo de un: “te quiero hijo”, que lo sacuda con un temblor que vivifique todo su ser.

El amor de los padres, vuelto cercanía y comprensión, vuelto palabra certera, es un arma invencible, que rompe el mal y hace añicos la soledad y la falta de confianza de nuestros muchachos. Que son, repito, botón en flor. 

En Pigmalión la estupenda obra de teatro, del premio nobel George Bernard Shaw, se cuenta el amor surgido en el profesor de Fonética y su alumna, una florista de habla vulgar, a la que instruye con tanto afán hasta convertirla en una dama de sociedad. El creador que ama su creación, que ama el resultado de aquel valor contenido, encapsulado en la inexperiencia de la alumna.

Ovidio, unos siglos antes nos narra el mito de Pigmalión el rey de Chipre que cansado de no encontrar a la mujer perfecta que buscaba para desposarse con ella, decidió esculpir un modelo de belleza, puso tanto empeño en su quehacer, talló la piedra con delicadeza, la despojó de impurezas, la moldeó con paciencia. El deslumbrante resultado: Galatea… la criatura más bella que enamoró a su creador. Afrodita la diosa del amor, emocionada de ver la contemplación en éxtasis de Pigmalión sobre Galatea, se compadece del amante y da vida a la piedra.; nunca más fría e inerte. 

Salvador Ramos como tantos otros chicos remaba contracorriente en solitario en un mar de incomprensión. No tenia a su lado al enamorado padre que todo chico necesita, no tenía quizá la certeza de ser amado, ni la palabra exacta que sacude y vivifica. 

18 años son muy pocos para lidiar con los demonios de la soledad. 

Chico muy callado y reservado dicen todos los que le conocieron, sujeto de burlas por una discapacidad en el habla, con la identidad sexual extraviada. Y todo esto con un sentimiento de abandono.

“Tenía más de un mes de no verlo, porque el trabajo no me lo permitió, nunca lo volveré a ver”, declaró su padre. 

Salvador vivía con su abuela, y no con su madre con quien tenía problemas y frecuentes discusiones muy subidas de tono. 18 años son muy pocos para tener una madre y no tenerla cerca. 

Stephen Garcia, que en algún momento fue su mejor amigo, y quizá el último, vio con tristeza los cambios en la conducta de Salvador; comenta que su amigo modificó su manera de vestir, subía fotos de armas, abandonó la escuela sin graduarse. Stephen que lo conoció da un diagnóstico dramático sobre su amigo, que es tal vez, también la mejor advertencia para queeventos similares no sucedan más: “Creo que necesitaba ayuda mental. Y un mayor acercamiento con su familia. Y amor”

Cuantas veces los propios padres, confundidos, van por la vida cabalgando a lomos del desamor, atrapados en sus propios fantasmas de soledad y angustia. 

Más allá de hacer juicios morales que no aportan, quisieraempujar la reflexión, para obtener luz en nuestro propio quehacer educativo, en lo que la psicología denomina el Efecto Pigmalión que se refiere a la potencial influencia positiva que ejerce la fe y la confianza en una persona que lo lleva a superar las expectativas que de él se tienen. 

Digamos a nuestros hijos, a nuestros alumnos; ¡creo en ti, espero en ti! No subestimemos la fuerza transformadora de nuestra esperanza en ellos, reconozcamos sus logros, animémoslos a conseguir un logro mayor, demos sentido a sus vidas, que se sientan y se sepan útiles, capaces de amar y de contribuir.

¿O es qué esto es de otra manera? Ellos no son distintos de nosotros.

Seamos como el viejo artífice que pule con esmero la barca, que contempla la delicadeza de las líneas y lo robusto de su ensamblaje y feliz lo bota al mar una vez que ha puesto en ella alma, vida y corazón. 

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